EL PACHUCO – 3.5/5

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Detrás del Pachuco hay una mente maestra del monchis. Una mente que desborda queso fundido, tinga y chilorio.

En términos generales, la magia del monchis se sostiene sobre dos pilares: el hambre como mejor condimento y la dislocación de la realidad, borrachera, o estado alterado del sujeto en cuestión, que en ese momento funge simultáneamente como cocinero y comensal. Imaginemos por ejemplo este escenario: llegamos a nuestra casa después de la parei, sólo hay tortillinas Tía Rosa, un queso raquítico, unos Cheetos de colmillo, un tupper con frijoles, otro con arroz y un antiguo recipiente de helado con cerdo en salsa verde y verdolagas. Hacemos un batidillo compulsivo, dominamos los fogones, calentamos, derretimos, espolvoreamos, nos dejamos guiar por el sentido común más rastrero y más efectivo y armamos unos burritos que rubricamos con un poco de crema, salsa Búfalo y sal. En otras circunstancias jamás habríamos dado con semejante portento.

El Pachuco está en una calle angosta del Raval, junto al sobrio monasterio románico de Sant Pau del Camp y a un lado del negocio de Mohamed, entrañable sastre trácala inmortalizado en un documental, en el que aparece acompañado por sus dóciles escuderos a los que no para de mangonear (https://vimeo.com/138116603 “El Sastre” de Óscar Pérez).

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Cuando llegamos el Pachuco estaba a reventar. Era jueves por la noche y había un cumpleaños con más de veinte elementos. Como no se puede reservar tuvimos que esperar un buen rato para poder entrar. Para matar el tiempo nos sentamos en las rejas donde Mohamed cuelga la ropa de sus clientes cuando se le inunda el changarro.

A pesar de la hora, había mucho movimiento, negocios abiertos, un vagabundo fumando pipa, otro en patines, unas vietnamitas cargando unas nochebuenas, un hindú con túnica blanca y huaraches de hule, una pandilla de uzbekos envueltos en una nube de humo, bicicletas, perros, bolsas de kebab, gritos en varias lenguas, un señor en calzones aventándole las llaves a su cuate desde el balcón. Mientras tanto esperamos. Vamos al cajero, regresamos. Platicamos, dejamos de platicar. Vagamos por los alrededores, volvemos a la reja, vemos el reloj, levantamos la vista, Mohamed ya se fue.

Finalmente, nos hacen la señal esperada: podemos entrar. Desde luego tenemos un hambre de perros. Son casi las once de la noche y no hemos cenado. En esta ocasión nos acompañan un amigo colombiano y una brasileña. Una de las meseras, oriunda de Jalisco, nos asigna un lugar en la barra desde donde podemos ver la plancha donde se van gestando los tacos y el horno humeante donde se derrite el queso de los nachos. Las cocinas abiertas son buen indicador en términos de limpieza, pero cuando se tiene hambre son un martirio.

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Para pedir  hay que seguir el atávico sistema del Charco de las Ranas: escribir en el menú, con números o palitos, cuántos ítems de cada cosa se quieren. Yo lo tenía claro desde que había merodeado por el Facebook del Pachuco esa misma tarde: unos nachos Pachucos, carnitas, tinga y chilorio, pero mis acompañantes abordaron el menú como si se tratara de un libro incunable.

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Mientras esperamos la comida, vimos sin hablar la preparación de los nachos, que dicho sea de paso, me pareció una maravilla. Sobre totopos artesanales acomodados en un plato hondo, echan puños de un queso almacenado en cubetas gigantescas, en cantidades suficientes para abastecer a un regimiento. Debajo de la capa de varios centímetros de queso quedan layers secretas de frijoles y tinga. Un detallazo. Se mete todo al horno y una vez que sale, sobre el queso burbujeante se ponen bodoques de crema, guacamole, pico de gallo, salsa roja y jalapeños.

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Salen nachos y nachos y ningunos son para nosotros. Seguimos con la vista los bowls que van a parar a otras mesas. Cuando me acordé que estaba haciendo una reseña y que cuando llegara la comida antes de aspirarla mi novia tenía que tomar las fotos correspondientes, casi me desvanezco. Pero la chamba es la chamba. Así que nos sobrepusimos y cuando llegó el momento tomamos el photo shoot más rápido de la historia.

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En los siguientes minutos me olvidé de la reseña. No tomé notas ni probé los platillos con detenimiento. Sólo interrumpí la ingesta de Calígula para mandarle un Whatsapp a un cuate en México: estas quecas te mamarían. Mis acompañantes estaban en las mismas, absortos, picando de aquí y de allá, deglutiendo como boas, dejando vía libre al instinto. Todos los anteriores, excelentes indicadores.

Las tortillas de las quecas tienen un grosor hasta ahora inédito en este certamen. Se nota que son producción de la casa. No se rompen y el sabor de la masa no pasa desapercibido. Recuerdan, toda proporción guardada, a las Wonderbra del Huequito. Si a eso le sumamos el despampanante chicharrón de queso que se alcanza a asomar por las orillas y el relleno excelso de frijoles, queso y chilorio, el resultado es de celebrarse. Además, la queca no cierra y como bien sabemos, este es un signo de las cosas bien hechas.

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Por otra parte, los nachos responden a la lógica del monchis que decía más arriba. No se escatima en ingredientes ni en cantidades. Un totopo huérfano es inviable. Hay de todo por todos lados. Incluso si se pidieron al centro, cosa rara, no hay de qué preocuparse. Cuando se empezó a ver el fondo del plato no fue necesario emprender una disputa por los últimos retazos de queso o tinga porque seguía habiendo de todo para todos (muy a pesar de que cuando nadie me veía me empujé unos totopos monumentales con queso, tinga, frijoles, crema, guacamole, pico de gallo, salsa y jalapeño).  La lógica del monchis debería primar siempre en la preparación de cualquier platillo.

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Otro axioma del monchis es llevar la cocina de fusión a extremos inusitados: sushi con fondue, torta de BBQ ribs, la ya patentada pizza de suadero y longaniza. Sumándome a esta ola vanguardista me dispuse a montar unos nachos sobre el último pedazo de mi quesadilla, bañando mi creación con una salsa que me hicieron en el momento: un picante de la India con cebolla y cilantro, que no hizo más que abonar en lo estrafalario de la creación. Así, conseguí una lasaña tropical que me zampé de dos bocados. El mismo Ferran Adrià habría puesto los ojos en blanco.

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Después del festín caí en la cuenta de que los tacos habían pasado un poco desapercibidos. No es que hayan estado malos, pero no es difícil palidecer junto a platillos tan obscenos como los nachos Pachucos o las quesadillas de chilorio. Las tortillas están muy bien, se agradece que no sean las clásicas de la Reina de la Torillla. También se agradece que los tacos vengan acompañados con limón y no con lima. Los de carnitas, ligeramente secos, están servidos con chicharrón de bolsa, cebolla y cilantro. Están correctos. Y los de tinga, bastante suntuosos, ofrecen un buen juego en materia de grasa y se acompañan muy bien con la salsa de la casa de chipotle y tomate. Los dos son tacos aprobatorios que sacan del apuro, pero definitivamente son eclipsados por las creaciones moncheras del Pachuco.

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La carta del Pachuco gira en torno a pocos ingredientes muy bien explotados y dispuestos en distintas presentaciones: queso, crema, tinga, frijoles, chilorio, masa artesanal. Los catalanes sentados junto a nosotros, por ejemplo, pidieron unas tostadas de tinga que por su tamaño y su morfología parecían un objeto volador no identificado. En cuanto a los precios: dos quesadillas de muy buen tamaño por 6.80, tres tacos por 6.70, los nachos Pachucos por 10.50.

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La noche, no podía ser de otra manera, culminó con un shot de tequila con el staff del Pachuco, al ritmo de una rola de Nirvana. Un plan redondo en este restaurante/bar, en el que no se sabe si enfiestar, comer o ambas. El servicio muy bueno y el ambiente de 10.

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La cereza del pastel es que el Pachuco cierra tarde, así que si algún día están deambulando sin rumbo por el Raval solos o acompañados, no duden en caer y ordenar sin miramientos. Eso sí, al día siguiente no esperen despertar frescos como lechugas. El trabajo digestivo al que expondrán a su organismo no es poca cosa. Mi amigo colombiano lo dijo muy bien: aún me patea, me escribió a la mañana siguiente.

Fotos por @bartenbo       Síguenos en Facebook y/o Twitter para no perder detalle de esta búsqueda.

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