LA GARBANCERA – 2.5/5

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Nada como sentirse en casa. La semana pasada, el tufo a caño que se apoderó de Barcelona durante más de dos días (su origen sigue siendo desconocido), me remitió al hedor del Viaducto que nos anuncia que hemos regresado al DF. Aquí, el episodio derivó en más de cuarenta llamadas a Protección Civil, allá, presagia los tacos de bienvenida en el Charco de las Ranas de Mixcoac, camino del Aeropuerto Benito Juárez.

Bajamos en Urgell y caminamos dos cuadras. Como están reformando la fachada del edificio donde está La Garbancera, sobre los andamios hay un rótulo que se alcanza a ver desde la esquina: Tacos 1 € Lunes, Martes y Miércoles. (Lástima que es sábado).

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Llegamos media hora antes de que abrieran. Mi novia decidida a pedir el pack de chilaquiles y michelada y yo, por chamba, una orden de tacos. Esperamos sentados afuera. Vida normal de sábado: una pareja cargando un burro de planchar, viejitos con bolsas del super, un señor descargando un espejo de una cajuela, un perro meando una llanta, una familia de turistas desorientados.

Esperamos a que diera la una con dos minutos para no parecer desesperados y entramos a La Garbancera. El local está muy bien puesto: papel picado, manteles de mimbre, una piñata, luces bajas y soft jazz. La carta ofrece quecas, enfrijoladas, tlacoyos, pozole, chilaquiles, enchiladas y tacos de pescado, tacos “chupacabras”, de cochinita, de rajas y uno denominado, espero sarcásticamente, “placero” de nopales, aguacate y pico de gallo.

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Pedimos dos micheladas que inmediatamente nos inyectaron vitalidad y me encendieron los labios ya de por sí partidos por el frente polar de esta semana. Thumbs up para el popote que ponen para revolver las salsas con la cerveza, un detalle aparentemente nimio pero que hace mejor la vida. Di un trago largo que me supo a gloria, aderezado con un solo de saxofón. Inspirado, cerré los ojos hasta que llegó una familia y sentí pudor. Saludaron en catalán a la bartender.

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Pedimos los chilaquiles y unos chupacabras por ser los más demandados, que dicho sea de paso, en nada se parecen a los míticos chupas de Churubusco, su cantidad obscena de proteínas, su doble tortilla, sus 127 especias secretas y su prominente barra de suplementos. Atrás de nosotros piden algo que “no porti salsa” para los niños y unos “xilaquils amb salsa vermella”.

Esperamos acompañados de nuestras micheladas hasta que llegaron nuestros platos: unos señores chilaquiles con un huevo estrellado  y unos tacos que hacen que me sienta un gigante. Cuando me traen los salseritos y las cucharitas reafirmo mi sensación. Pensé en este comment que a la fecha me hacer reír.

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Asentadas en una tortilla minúscula hay conglomeraciones muy tímidas de ternera y chorizo a la plancha, copeteados con cebolla y cilantro, una combinación ganadora por sí misma que difícilmente puede saber mal, y que en este caso está bien sin ser nada del otro mundo. Pienso en los 10 euros -9,95 en honor a la verdad- que voy a pagar por la orden y por primera vez en mi vida deseé que fuera lunes en lugar de sábado. Me zampo los tacos  de dos mordidas. (Ocho mordidas en total = 1.2 euros el bocado).

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Destaca la salsa de habanero. Es una de esas salsas capaces de convertir un bistec sin chiste o un arroz blanco en un platillo de fonda de 10. Vacío la salsa en el taco prescindiendo de la cucharita de hobbit. Administro mis dos rebanadas de limón. Me preparo el último taco con las tres salsas. Aguanta vara: no está mal, es una versión pulcra de un campechano chilango, pero me quedo con hambre. Vuelvo a inspeccionar la carta. Pregunto de qué tamaño son los sopes y la mesera dibuja con los dedos la circunferencia de un Tazo. Desisto y aborto la misión.

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El niño de atrás está enchilado con un pollastre entomatado, saca la lengua y pide aigua. Veo que en el letrero de la entrada dice: “La Garbancera: tlacoyos, quesadillas y mezcales” y pienso que seguramente esas han de ser las especialidades del lugar, pero el Tac se centra, como su nombre lo indica, en el platillo estrella de la gastronomía mexicana, y además ese día, el bolsillo no dio pa’ más. Los chupacabras son tocayos de los chupas originales, pero hasta ahí. Eso sí, alcanzan a calmar las ansias de taco y con harto limón y salsa brindan varios bocados muy correctos.

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Nos traen la cuenta adentro de la caja de una película en VHS del Santo con Rossy Mendoza, una reliquia de tiempos ancestrales.Leo la sinopsis: “El enmascarado de plata, campeón de la justicia, combate a terroristas internacionales y hombres mecánicos, dirigidos por un nuevo maestro del crimen, Escorpio, en esta película filmada en el esplendor tropical de Puerto Rico”. Dejo el dinero adentro de la caja y pasamos a un lado de la Catrina que adorna la entrada.

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Al margen del Tac, los chilaquiles estaban muy bien servidos y bien valen una visita después de una desvelada, aunque podrían picar más. Los sábados y domingos de una a cuatro y media vienen en pack con una michelada por 7.95, un combo con propiedades curativas capaces de resucitar a los noctámbulos con pinta de Catrina o Escorpio el villano. Un elixir con sello mexicano en la mitad de Barcelona.

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Fotos por @bartenbo

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