LA CANTINA MEXICANA – 3.5/5

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Pocos planes de domingo tan chilangos como ir a comer tacos a deshoras, por ahí de las cinco de la tarde, y más chilango todavía si el comensal va trasnochado, de pants, labios resecos, ojeras de Nosferatu, lentes de sol y piel ceniza, un conjuntito que remite a Halloween en cualquier época del año. (Aunque para personajes realmente siniestros el nuevo cónsul de México en Barcelona).

El domingo pasado, como parte de la búsqueda del mejor taco de la ciudad, fui a la Cantina Mexicana de Les Corts (hay otra muy cerca de la Sagrada Familia). Desde luego fui a deshoras, pero sin el look de vampiro. La Cantina está entre L’Illa y Travessera de Les Corts. Los domingos y los martes sirven tacos de a un euro.

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A la entrada nos topamos con un altar de muertos: chapulines, tequila, mole, enchiladas, pan de muerto, cervezas. Sólo de verlo me suenan las tripas. Las mesas y la cocina están en el piso de arriba. Al fondo suena Maná: en la misma ciudad y con la misma gente. En una de las mesas hay una familia de locales empacándose unas entradas y en otra una pareja ya en el postre. Desde la cocina, que está completamente abierta, llegan conversaciones aderezadas con un güey cada dos segundos: buen indicador. Cuando nos traen las cartas y nos preguntan qué queremos tomar suena Cómo te voy a Olvidar de Los Ángeles Azules.

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Pedimos una chela, un agua de horchata y una sopa azteca, y después de  la dura labor de tener que decantarnos por unos tacos u otros, pedimos una orden de campechanos y un chicharrón de queso relleno de bistec, (mejor conocido en el argot taquístico como costra). La decisión no fue nada fácil. En el menú figuran tacos al pastor, de chamorro, de lengua, alambres y tacos Gobernador, además de platillos como la birria o el mole, que descartamos desde el principio, en apego a los lineamientos de este certamen, enfocado específicamente en los tacos.

Al margen de la competencia, primero nos trajeron la sopa: gran sabor y mucho cuerpo, tortillas fritas flotando en un caldo espeso que potencié añadiendo salsa de chile de árbol. Una sopa con punch. De esas que hacen sudar a la primera cucharada. Excelente para calentar motores.

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Después llegaron los campechanos. Se agradece que sean cinco tacos. Siempre es reconfortante saber de antemano que se va a saciar el hambre. Eso permite aplacar la ansiedad de estar pensando qué pedir después y concentrarse en el plato que se tiene enfrente. Escenario  muy distinto es cuando se pide algo al centro y se comparte mesa con pirañas o aves rapaces. La ansiedad está a la orden del día.

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De entrada, el suadero tiene un look menos desaliñado que el que comúnmente tiene en los puestos callejeros de la ciudad de México, como si se hubiera cortado el pelo, comprado un traje y perfumado las axilas. Se ve bien, pero no es nuestro viejo amigo el suadero, ese que siempre está envuelto en grasa y nunca nos ha decepcionado. Este suadero es más bien una carne finita que guarda los modales. Pero no está nada mal. El chorizo algo discreto, la tortilla correcta y las tres salsas (una roja con mucho sabor, una verde eléctrica y una de chile de árbol con buen nivel de picor) logran un taco que cumple y quita el antojo.

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En las bocinas de la Cantina truena Tiburón a la Vista. En la mesa de atrás una catalana dice que se le “ha dormido la boca”. Nos traen la costra servida en un plato con guacamole, y aparte, las tortillas de harina en un tortillero humeante. Pienso en las míticas costras de afuera del antro, esas que se deglutían casi sin masticar, todavía hirvientes, con un hambre de perros y cantidades nocivas de salsa.

Me preparé un taco untando  guacamole encima del chicharrón de queso, y rociándolo todo con limón y salsa verde. Primera mordida: salen a relucir varios sabores y varias texturas. Queso crujiente, carne jugosa, guacamole limonudo y tortilla con un grosor más que adecuado. Cada mordida, un estruendo. Me sorprende estar comiendo una costra tan tranquilo, a cinco minutos caminando de mi piso, como si estuviera en México. Es una experiencia inquietante estar comiendo un platillo como este en un barrio residencial de Barcelona. No tarda en pasar un señor vendiendo tamales oaxaqueños por el carril de bicis de la Diagonal. A la catalana de atrás ahora se le “ha dormido la garganta” y pide un vaso de agua. Aspiramos la costra con las tres tortillas restantes en cuestión de segundos.

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Para rematar pedimos un imposible. La verdad es que los postres no son mi área de expertiz, ni un terreno en el que me sienta competente, pero estaba bueno y nos lo acabamos todo.

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De la Cantina Mexicana (al menos en mi location, no pudeo hablar de la que está por la Sagrada Familia) destacan la costra y la variedad de tacos que ofrecen. Me quedo con ganas de probar los Gobernador o los de chamorro. Habrá que volver (digo esto al final de cada reseña).

Al final, mientras esperábamos la cuenta, le pusimos cara de imposible al Mauricio Garcés y al Cantinflas del mantel.

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Fotos por @bartenbo

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